Polucionar para apropiarse: el don de la vida

Por Rodrigo Pérez Gil


El don de la vida
Fernando Vallejo
Bogotá, Alfaguara, 2010 
162 págs.                         

 



Sentado en una banca del parque Bolívar en Medellín, el narrador acecha como una araña a la espera de una mosca ocasional que pase y caiga en las redes de su telaraña memoriosa; en una banca del parque donde escancia el tiempo agobiante anotando sus muertos “conocidos” en la “libreta de los muertos”, a los que va ensartando en el hilo del recuerdo con responsos a dos voces junto con el “compadre” a su lado en la banca y con quien platicará a lo largo de 162 páginas, apegado a la consigna de que “La única forma de medir el presente es poniendo el oído izquierdo sobre el corazón de Cronos. Mi padre. El único que reconozco”. 


    El asunto de la novela se anuncia al principio: “El niño es una piedra estulta, el viejo una pavesa que se lleva el viento. He ahí, resumido, el libro que voy a escribir para dedicárselo a usted: un tratadito sobre la vejez y sus miserias en que Cronos se enloquece y se tira al río. ¡Cuánta agua no ha arrastrado el río bajo el puente y cuánto tengo que contar!”. Cual pescador aguas arriba del río de la memoria y embelesado por los loros que vuelan sobre el parque expresa: “Me retrotraen a mí mismo, a mi niñez, y con su aleteo verde me encienden la esperanza. ¿Ven? Es que yo espero al revés. Lo que quiero es que el mundo pare, dé media vuelta y vuelva atrás, a lo que fuimos, que con todo y lo malo que era era mucho menos malo que esto”. En El don de la vida la flecha del tiempo ha invertido su sentido a tal punto que el polo del pasado se lo ha tragado todo, o casi, y ha dejado sin futuro al narrador, “ya se lo gastó”, le dice el compadre, lo cual no es grave, pero “lo que sí tiene, y de sobra, es pasado”, y aferrado a estos restos se queda también sin un devenir varado en un presente mustio: “yo soy los muertos de mi libreta”. ¿Queda por lo menos la bendición de la Muerte entre tanta hojarasca? Será el “compadre”, empleado menor de la alcaldía a quien el narrador aconseja que aguante en el trabajo hasta jubilarse para que luego “haga como yo, que hago lo que me canta el culo”, será este compadre el que dará la fórmula o ecuación del libro mismo, como culebra que se come por la cola: “Pero hablando en plata blanca a mí se me hace que el Cambio es lo mismo que el Tiempo, y el Tiempo lo mismo que la Vejez, y la vejez lo mismo que la Muerte. Cuatro que son tres, tres que son dos, dos que son uno”. Montado en esta escalera regresiva por fuerza el pasado es fuente de infelicidad intermitente: “Sufro por lo que un día fue y ya no es, por lo que se fue”. “¡Ay, todo se acaba, todo pasa, qué tristeza!”. Es que Cronos, padre y maquinista de Vallejo en El don de la vida es el mismo Saturno que devora a sus criaturas, y de qué modo lo podemos apreciar en la impactante imagen de Goya y en la manera como el narrador declina sustantivo y verbo de la Parca o la Chirifusca: “mors, mors, mortem, mortis, morti, morte (…)  morior, mortuus sum ”.  





   Si en el rosario que rezamos en Los días azules (1985) los misterios que contemplamos eran gozosos, los misterios que vamos a contemplar en El don de la vida (2010) son dolorosos. Las declaraciones de amor a los animales (las ratas, los gallinazos y los loros) y al “compadre” en esta novela son meras declaraciones y gravitan a una distancia años-luz del afecto animal que sentimos en Años de indulgencia con el rapto del narrador que, tendido en la terraza del edificio en Nueva York donde vive haciendo trabajos negros con su hermano Darío, acoge amorosamente los besuqueos de las ratas; o cuando en Las ramblas paralelas el narrador-autor (que cree estar en las últimas) evoca los momentos en que sostenía en sus brazos a la perra Bruja que agoniza. Quedan unos pocos retazos de memoria viva en esta novela de Vallejo, como el viaje del narrador per orthodoxam viam a través de las cuevas y los hondos pliegues de la joven panadera veracruzana. Tiene maña el autor para escoger las palabras más cercanas al oído y una sintaxis eficaz que va al grano sin que se note el paso. Como le dice el compadre, “usted, maestro, cuida el idioma”; su prosa está despojada de imágenes y metáforas que hurtan al lector un mundo posible y le dejan en cambio un producto sublimado. Sin embargo, en esta novela, en lugar de hacer una travesía o un viaje inmóvil, está uno sujeto a dar vueltas en un suelo cenagoso alrededor del cordón umbilical del autor-narrador y de la representación para ser al fin devorado por Cronos-Saturno, aderezado eso sí con algunos divertimentos cultos y unos desplantes que sacuden, pero ¿en qué sentido?, hay que ver...  


   El compadre llama “maestro” al narrador. En cierto aparte el narrador advierte: “¡Ay del que le digan en Colombia ‘maestro’! Más le valiera atarse una piedra de molino al cuello y tirarse al mar”. Enseguida el narrador, el “maestro” se aplica pero como de mentirillas el castigo que aplicaba el Evangelio al que escandalice a uno de esos pequeñuelos y cae presa de una regresión en el infantilismo de la literatura: “Al mar sí, pero con un infante encantado. ¡Ah quién vivir pudiera eternamente en una isla desierta con un principito de cuento de hadas y detener el reloj! Que no bien entre el principito a la pubertad ahí se pare. ¡Y a medirlo entonces de arriba abajo con una cinta métrica para la mayor gloria de Dios!”. En otro arrebato de ñoñería parejo a este último con “el principito” dirá: “Si el Cauca se muere, ya no quiero vivir. Yo soy los ríos de Colombia”. El compadre reclama aquí al narrador en un tono que se va poniendo color de hormiga, “No, maestro, por favor no se nos vaya a ir tan pronto que hay mucho hijueputa por insultar e impostor por desenmascarar y usted apenas está empezando”. La súplica del compadre al narrador cae como una amenaza, o casi, para cualquier lector que no tenga el don del narrador, eso que lo “salva”, según dice, de tirarse desde la azotea del Palacio Nacional en Medellín, su “cualidad de translúcido” o la “transminiluminicidecencia”.


   Volcada en un pasado distante y anclada en un presente mustio, esta memoria pura tiene un precio que se manifiesta aquí y allá en forma de exclusión, de partición, de separación entre el cielo perdido de la finca Santa Anita junto con su infancia y el infierno aquí y ahora, la dicotomía de lo alto y de lo bajo; así, luego de confesar que “entendí por fin qué son la gravedad y la luz y cómo las neuronas del cerebro producen el espejismo del alma”, viene la súplica: “A Satanás le ruego que me levante en vilo lo que digo para darle una lección de altura a esta chusma bellaca. No permitas, Ángel Caído, que tu siervo se muera en esta banca de este parque sin levitar ni alcanzar, tras la levitación ansiada, a llegar en taxi a su casa”. Y: “el que se quiere caer, que se caiga, que yo subo, asciendo, mientras el populacho se hunde más y más en su abyección”. De Federico García Lorca dice el narrador que “se pasó la vida cagando octosílabos asonantados, sonsonetudos”; y agrega que todavía le interesa como a pocos este mariquita taurófilo; es que con mucho talento y por muy memorioso que sea el alzado Vallejo, para decirlo con Lorca en su poema El Presentimiento, No podemos arrancar un suspiro a lo viejo. El pasado se pone su corazón de hierro y tapa sus oídos con algodón del viento. Nunca podrá arrancársele un secreto. Sus músculos de siglos y su cerebro de marchitas ideas en feto no darán el licor que necesita el corazón sediento... El narrador confiesa sus apetencias sexuales de momento, los negros “puros”, y aclara que “los revoltijos no van conmigo”, para decir enseguida “Lo único bueno que tiene Colombia son los negros. El resto es podredumbre mezclada”. Negros “puros” son sin “gota de blanco ni gota de indio”. La pureza de raza, aspiración totalitaria, tanto como la dicotomía, espejismos comunes al platonismo de ascensos y caídas, al puritanismo y a la lógica de la matemática de Euclides donde se hace valer la ley del tertio excluso, ley que barren las paradojas como un cuchillo sin mango y sin hoja.  


   Cierta gracia de la “lengua paisa” de antaño que Vallejo cultiva con tanto esmero se la lleva el ensanche al reinscribirse en la lengua mayor, cuando habla con la lengua del patrón; en este punto se normaliza, acaba por cerrarse sobre sí y ni qué añorar la danza de los viejos buenos tiempos. En el mejor estilo de los combos de sicarios, aunque éstos no fueran amigos de los policías, nichos de fascismo en la década de los años 80 en Medellín azuzados por los narcos, los nuevos amos, y a la vista de un policía-bachiller que deambula por el parque Bolívar, este desplante: “A estos muchachos recién salidos del bachillerato la sociedad los recluta para que la defiendan ad honorem, pero les impide disparar: sólo pueden dejarse acuchillar. ¡Ah con esa alcahuetería de los derechos humanos! Déjenme que suba y van a ver, les monto un paredón de fumigamiento de dos kilómetros y fumigo hasta misiá hijueputa.”.  Tras un ataque a los que se reproducen, el augur del bebé-probeta-de-laboratorio recae en una regresión infantilista: “Un paredón de fusilamiento para el que se reproduzca es lo que les voy a montar en este parque cuando me elijan, de suerte que si por un lado del tubo entran por el otro lado salen: el que engendra y el que pare mueren para que viva el producto. Esta es la nueva ley del mundo que impongo yo. Y punto. Ay, ay, ay, me he pasado la vida fusilando a diestra y siniestra en el corazón, limpiando maleza, y ahora quiero descansar. Déjenme cerrar los ojos un instante para vivir intensamente un episodio de delirio sexual febril con un principito de cuento de hadas (…)”. El juicio vuelve y juega con relación a Simón Bolívar, blanco-mulato-mestizo-y-hasta-gitano-sublevado-contra-la-opresión-y-la-tiranía-española; no podría gustarle este “revoltijo” a Fernando Vallejo y a su admirado biógrafo español Salvador de Madariaga que prefiere honrar y exaltar al Despescueznarizorejizador mayor en América, al esclavista voraz, truhán y precursor del secuestro en Colombia Colón: “Si se acaba el oro, cambiaremos esclavos por oro” (carta de 1503 a Don Fernando y Doña Isabel la Católica). Bolívar es para Fernando Vallejo (y para Salvador de Madariaga mutatis mutandum) “el hideputa” y el “granuja”. “¡Ah venezolano bellaco, hijo de la que te parió por su vagina puerca! (…) Mentiroso, tísico, cabrón. ¡Maricón!”. Esta misma voz exterminadora que limpia “malezas”, juzga y condena con “la intransigencia del bien” de Laureano Gómez , “era un sol”, así evoca Vallejo en Los días azules a este émulo de Goebbels en Bogotá; esta misma voz hace en El don de la vida el retrato del hombre del campo en Colombia: “El campesino colombiano es lo peor de lo peor, la más dañina alimaña (…) Ellos llevaron a cabo la violencia, la que se dejaron azuzar en sus podridas almas por los políticos, y no digo sembrar porque desde siempre la traían: los caseríos incendiados, los campos devastados, los ríos ensangrentados”. ¡Porque desde siempre la traían (¡!), la violencia, los campesinos colombianos!... En el caso de Colombia, que carga a cuestas con el nombre del avorazado esclavista Colón, hay que decir con Joe Bousquet, “Mi herida existía antes que yo, yo nací para encarnarla”. El juicio y condena de Bolívar, entre otros ex abruptos, es para el narrador pura “lucidez rabiosa”. De Colombia había dicho “que escupe a la felicidad y me trata como a un paria”. Odia pero quiere ser amado, y pregunta: “¿Por qué será, compadre, que detesto tanto a los pobres? ¿Por paridores?”. ¿No será porque los puritanos le tienen horror a los pobres, así como el puritanismo es una conducta de simple exclusión? ¿Un puritano Vallejo, este purista de la lengua?: 

“La puta mientras no para es dama de mi más alta consideración”.         

                                               

    Según Hofmannsthal, “Lo que es el espíritu lo capta sólo el oprimido”. ¿Cuál es el fuerte del narrador a punto de “levitar” en El don de la vida y cuál el fuerte del compadre? El juicio, que se extenderá hasta la vida misma: “Con su espejismo de la finalidad la vida es un experimento fallido de la materia. O mejor dicho, su único experimento fallido, desastroso, trágico”. Ya casi para terminar, dice el narrador: “El cambio es la Muerte”, a lo que el compadre replica: “¡Y qué! Vivimos para cambiar y cambiamos para morirnos”. A la exclamación del narrador: “¡Maldita la ocurrencia de este viejorro loco, de esta eminencia chambona de inventar la Muerte!”, el compadre replica: “¡Qué va! El error del monstruo fue inventar la vida. Si vivir es una desgracia (y mientras más tiempo más), la Muerte es una bendición”. El compadre (Demonio, Muerte o narrador) insiste: “La vida es una pesadilla de la materia y la materia un espejismo de la nada”. “¿Y la Muerte?”, pregunta el narrador. “La bendición de Dios”, responde el compadre. Pero ¿qué sería la Muerte sin la vida? ¿A poco no es como dicen los malayos, que la novia de la muerte es la vida? Y ¿cómo podría la bendita Muerte maldecir la vida si no es pasando en boca del Demonio por la “bendición de Dios”?


    “No me tiente, compadre (…) No haga el papel del Diablo”, le dirá el narrador al compadre cuando éste le propone que se vaya al cielo “A cantar en los coros celestiales con los angelitos culirrosas”. El compadre había decretado: “El hombre es malo por naturaleza. ¡Qué le vamos a hacer!”; había hecho suya esta convicción del Demonio y de los cristianos-adeptos-a-la-tecnociencia-mediática-actual que amagan con hacer valer la ley del infierno en la tierra; declaración que hace el compadre para complacer su propia vanidad y la del narrador (aunque éste se dice refractario a los halagos que no faltan a lo largo de la obra), siendo que la verdad es mucho peor, lo que resulta aún más inquietante: no somos malos por naturaleza sino que nos volvemos malos sin darnos cuenta siquiera. Demonio y/o Muerte, “filósofo presocrático”, “cínico”, empleado menor de la alcaldía en una oficinilla del último piso del Palacio Nacional, ¿no será este compadre el mismo autor-narrador translúcido y todo, equipado con un disfraz precario que deja ver lo que se quería ocultar y de ahí los vaivenes del compadre, suerte de comodín que hace el papel de la Muerte, del Diablo y del mismo narrador, aunque al final el compadre le diga “a partir de este momento sepa que dejo de ser su amigo y paso a ser el que soy”? Justo antes de que el narrador “descubra” que ha estado platicando con la Muerte, le dice a ésta o sea al compadre: “¿Por qué me mira así?”, a lo que el compadre replica: “¿Cómo es ‘así’? Siempre lo he mirado igual. Lo que pasa es que usted nunca me ha visto. Ni a nadie. De tan metido que ha vivido en lo suyo se le han resbalado siempre los demás por los ojos”. Al final de la novela, presa de una postrera regresión el narrador quiere “Volver a Santa Anita” para “abrazar a la abuela y decirle, por última vez, lo que le dije siempre meciéndola en su mecedora: ‘Abuela, me voy a morir pensando en vos’”. La regresión se encadena de nuevo con un ataque, esta vez contra Gandhi, “¡A la mierda con ese fakir farsante! Yo sólo creo en la bondad del que la oculta (…)”, según la prescripción evangélica Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha. Y ya para terminar, justo antes de “saber” que el compadre es la Muerte misma, el narrador le confiesa, “Me está entrando un arrepentimiento…. de todo, de nada, de lo dicho, de lo no dicho, de lo hecho, de lo no hecho (…)”.  Haberse ahorrado esto, ¿no?..., si Editorial Alfaguara dejara.

 

                                                                                                         

PdL