Andrés Castañeda y Marcela Guiral hablan con Fernando Araújo Vélez acerca del duelo en la literatura infantil
Por Jahir Camilo Cediel Rincón
Fernando Araújo abre el encuentro con un reconocimiento a la obra de Andrés Castañeda y Marcela Guiral, atreverse a narrar un sentimiento tan profundo como el duelo es difícil y más para niños y jóvenes. Ambos autores exploran un dolor superior, no uno que se siente inmediatamente, sino uno que pervive; ya no es la confrontación directa con aquello que nos genera dolor, es la sombra que se extiende hacia adentro: el duelo. La charla no nombró el duelo de frente, pero lo rodeó desde todos los ángulos: los orígenes, la memoria, la escritura como acto de resistencia. En “Flores para mis muertos”, Gonzalo, explora la violencia bipartidista colombiana del siglo XX desde sus recuerdos y habilidad de hablar con los muertos, mientras que en “Se resfriaron los sapos”, Abril, metaforiza un mundo que se le cae a pedazos luego de que la mina donde trabajaba su padre se derrumbara. Estas son historias que no nacen de la nada, casi que la historia que les da origen es igual de interesante a la de la ficción de los libros, por lo que Fernando Araújo pregunta acerca de este aspecto. En Marcela, su nacimiento en La Floresta, Yolombó, Antioquia, gestó poco a poco su gusto por las historias ya que estas estaban ahí, a su lado, viviendo con ella y transformando el corregimiento donde vivió. Los espantos, las apariencias, los chismes y los relatos eran su día a día. Fuera en la calle o en la casa con su madre, siempre había una narración. En Andrés, la soledad y la imaginación le llevaron a crear historias, desde pequeño le gustaba imaginar relatos con sus muñecos pero llegó un momento en que estos ya no fueron suficientes.
Después del origen, Fernando Araújo se pregunta acerca de la creación de historias y lo que esto significa para cada autor. ¿Qué haríamos sin las historias? El mundo está constituido por ellas, nuestra relación con las cosas es una de diálogos narrativos, habitamos un mundo que narra y nos transforma en narraciones. Ambos autores confluyen en la idea de que escritura y lectura son potencialidades de creación, de permitirse ser un chismoso autobiográfico que le gusta convencer a los otros sobre la verosimilitud de sus inventos. Las historias están en todos lados, siempre hay que arriesgarse, “es el sistema el que se encarga de meterle miedo al que quiere escribir” como comentó Fernando Araújo. Escribir se vuelve una herramienta crítica y antisistema. El mundo de hoy nos pide y enseña un malestar tan horrible, un afán por salir temprano, por responder ese mensaje, por cumplir con un horario y no nos enseña la lentitud de escribir un hecho en un parque o describir el vuelo de un pájaro y su trayecto.
Para concluir, Fernando Araújo pregunta acerca de los títulos, ¿cómo se llega a Flores para mis muertos y Se resfriaron los sapos? En Andrés Castañeda, el título refiere al acto ritual de llevar flores a su abuelo, una antigua tradición de llevar cada cierto tiempo un arreglo floral a los que se han ido. Hay que subrayar que el autor comprende la importancia de este acto no como el hecho en sí, sino por el significado profundo que esto tiene, esa ritualidad y tradición del bonito acto de recordar a quien se ha ido. En Marcela Guiral, el título viene de su propia infancia, donde vivía había un gran estanque con muchos sapos que le producían un terror inimaginable. El título de la obra se halla en un significado ficcional dentro de la misma obra. En ambos casos, narrativamente el duelo aparece cifrado en gestos y símbolos antes que en palabras directas, como si la infancia supiera instintivamente que hay dolores que no se nombran, solo se rodean.
De este modo concluye la charla entre los tres autores, una donde se le da especial importancia a la mirada de los niños frente al duelo, un duelo que ven en sus seres queridos y en ellos mismos sin saber cómo manejarlo. Si para un adulto es complicado comprender el duelo y pasar por él, no me quiero imaginar cómo lo es para un niño o un joven. Flores para mis muertos y Se resfriaron los sapos proponen una mirada muy particular que nos recuerda el modo inocente en que la tristeza es y debe ser vista. Las obras de Andrés Castañeda y Marcela Guiral resultan atemporales y, sin lugar a dudas, deben ser tomadas en cuenta en espacios donde se hable acerca del duelo, la tristeza y lo remanente de tiempos llenos de desastre. Siempre será importante volver a la mirada que tuvieron otros sobre su propia tristeza y así, volvernos parte de ellos y su sombra. Las obras de los autores son invitaciones permanentes de la importancia del dolor ajeno, de la memoria y la honestidad en recordar de cierto modo el pasado, no con la pretensión de cambiarlo, pero sí de comprenderlo.


