Por Jefferson Echeverría
Con la traducción y las anotaciones de Diana Carrizosa Moog, Panamericana Editorial nos ofrece una obra fundamental y necesaria para explicarnos un poco esa compleja filosofía llamada vida.
Meditaciones
Marco Aurelio
Panamericana Editorial
Bogotá, 2024
208 páginas
Tras la perspectiva de vida expuesta por Epicteto, el siervo cojo, se nos aparece como una expresión auténtica las ilustres Meditaciones de Marco Aurelio, el emperador que nunca pretendió integrar un círculo académico prestigioso, sino más bien escribirlo todo a partir de una sencillez deslumbrante, entre el silencio de sus impresiones y el anonimato fortalecido en su interior. Compuesta de 12 libros breves, Meditaciones reúne una serie de impresiones que, si bien se muestra más como una colección personal, con el paso de los siglos se ha convertido, sin querer, en una de las obras más importantes de la filosofía, principalmente en el estoicismo. Cada meditación, escrita en aforismos de corto alcance, refleja una brillantez práctica que, no por eso pierde valor importante en cuanto a profundidad según los pormenores comunes de la vida; pues su contenido es y seguirá siendo una demostración evidente para el pensamiento humano que, a su vez, se toma como un modelo a seguir o, en el mejor de los casos, como materia de reflexión para muchos pensadores contemporáneos.
El compendio de enseñanzas de vida, propio de alguien que está más interesado en desarrollar un carácter íntimo que en influenciar en la humanidad, expone de manera propicia un modelo útil en los diversos escenarios de la vida. Ante la urgencia de muchos filósofos por aclarar los enigmas de nuestra existencia a partir de la razón, el método y la práctica (entre muchas otras vertientes), los escritos de Marco Aurelio revelan una visión más inalterable en cuyo verdadero valor, dado el tránsito temporal en este mundo, acapara los eventos más simples como un punto de partida esencial, con el fin de asumir lo inevitable como fin y la misión concedida por la Naturaleza como propósito.
Como figura influyente en la política romana, quizás a Marco Aurelio nunca se le cruzó por la mente que el tiempo sería lo suficientemente generoso para que su modesta obra diera alcance a los círculos más reputados tanto a nivel académico como convencional, ni tampoco que sus enseñanzas producirían un vínculo estrecho en los problemas cruciales. Lejos estaría de considerar que, dichas meditaciones, darían paso a una contribución notable en diversas escuelas del pensamiento humano. Mucho menos imaginarse siquiera que, junto con su maestro Epicteto, prolongarían las bases del estoicismo mediante breves reflexiones, llenas de una ligereza compleja, pero práctica, reproducidas mediante un lenguaje sutil y sin un fundamento aparentemente riguroso, aunque de gran envergadura para que en estos tiempos todavía se considere una obra necesaria para quienes buscan explicación en su tiempo.
Muchos conciben las reflexiones de Marco Aurelio como un arte de la resignación, como si nada de lo que se ofrece como éxito y grandeza lo mereciéramos y, tal vez, el sufrimiento, el anonimato y la inevitable muerte nos espera cuan único remedio para el dolor de vida. Sin embargo, la asimilación práctica que refleja este emperador dista mucho de un punto de vista lamentable y mediocre. Si nos introducimos aún más en cada pasaje, los instantes que la vida misma nos permite experimentar como proceso de aprendizaje, en ningún momento se ajusta a una limitación pesimista, antes bien, reordena la misión que todo ser humano tiene para que el orden natural de los tiempos continúe en ese interminable peregrinaje hacia ese ciclo generacional.
Tal como lo diría el profeta Salomón al sentenciar que todo es vanidad y abatimiento de espíritu, de un modo similar Marco Aurelio nos propone una visión de las circunstancias a partir de la sencillez y la concepción del enigma de la muerte como un simple ciclo adicional del que no es necesario acoger miedo ni mucho menos darle la trascendencia necesaria. Al fin y al cabo, todos en esta tierra somos temporales, y lo que hagamos en cuanto a proyectos, glorias, prestigios, éxitos y reconocimientos, también llegarán a su fin en tanto nuestra permanencia en la tierra cierre por fin su paréntesis inesperado.
Todas las enseñanzas comprueban una vez más una capacidad única de asimilación que pueden ser útiles y, asimismo, lograr una compatibilidad en un siglo donde la pérdida de la identidad y el valor de la vida se ha ido desvirtuando gracias a los placeres comunes y al amor inusitado por lo material. Claramente, la tendencia en cada libro nos invita a la introspección, máximo punto de partida para quienes buscan en la alteridad un fin necesario ante el mundo que los rodea. El hecho de nunca considerar las réplicas ajenas, las críticas severas dichas por los demás y, en el peor de los casos, las burlas que sobre nuestros criterios, apariencias o actitudes dirijan hacia nosotros, podrán acometernos ni mucho menos ocasionar en nuestro interior un dolor profundo, puesto que, así como las esmeraldas que nunca pierden su valor si no se les elogia, tal cual ocurre con nuestro sentido de permanencia y transitoriedad en la tierra. Sabemos que lograrlo puede ser complejo, principalmente porque habitamos en un tiempo en donde la obsesión de elogio y atención permea en todos los sentidos, principalmente en el mal llamado mundo virtual.
En las etapas de la vida se lidian batallas personales, cuyas lecciones suelen forjar un carácter especial en cada ser humano. Gracias a las vicisitudes y conflictos cotidianos parece que hay un secreto inamovible en donde la actitud implacable en nuestro interior puede desarrollar una personalidad de alguien que no está sometido a la rabia excesiva, al dolor por una pérdida y al odio de los demás. Sólo el sentido de reconocer que vamos de paso en esta tierra nos asemeja a una simple hoja que cae del árbol porque ya está destinada a no pertenecer más al tronco que la sostuvo, por eso, por más que se rehúse, su destino a morir en el otoño no le permite sino dejarse caer con la débil resistencia de un soplo momentáneo y ligero. Asimismo, ocurre en la vida del ser humano, todos somos un ciclo finito en el que nada nos llevamos, ni siquiera los recuerdos y, apenas transcurramos sin la gloria completa y añorada, jamás sabremos con certeza qué pasará con nuestros tesoros acumulados, nuestros triunfos cosechados y los instantes asimilados en la dicha relativa.
El mundo no se detendrá si partimos, seguirá inmerso en su afán y en sus días con sus respectivas noches, el rostro y las costumbres que en algún momento somos, irán deteriorándose en el tiempo preciso, a tal punto de que ya no seremos sino una tormenta lejana revivida de vez en cuando por una porción de gente; a lo sumo algunos tendrán la inmortalidad como pretexto para seguir presente en obras o en ideas; otros, como nosotros, seremos una breve suma de pensamientos que se pierden prontamente porque, así como el emperador del estoicismo lo aprendió alguna vez de su maestro, el siervo cojo, no somos más que pobres almas que arrastran un cadáver. Con la traducción y las anotaciones de Diana Carrizosa Moog, Panamericana Editorial nos ofrece una obra fundamental y necesaria para explicarnos un poco esa compleja filosofía llamada vida.