La soledad de los monstruos: Frankenstein de Mary Shelley

Por Jefferson Echeverría


A Paola


Frankenstein
Mary Shelley
Panamericana Editorial
Bogotá, 2025
280 páginas

Con la impecable traducción de Juan F. Hincapié y el cuidado de Panamericana Editorial, volvemos a una obra fundamental en una magistral edición íntegra de Frankenstein que rescata fielmente la crudeza y la profunda humanidad de la obra inmortal de Mary Shelley; una pieza imprescindible que desmitifica la figura de la criatura para revelar, sin censuras ni recortes, la dolorosa soledad, el desprecio y el innato anhelo de amor de un monstruo condenado por la negligencia y vanidad de su creador.

Siempre se nos ha inculcado un miedo devoto hacia los monstruos. Apenas rastreamos una presencia con señales de espectro y, dentro de nuestra típica condición de mortales, acudimos al miedo comprensible para manifestar una sincera e inmediata repulsión. Por más que dentro de los límites de la razón, tan sólo el imaginario de monstruo sea una simple impresión creada por otros, generalmente cuando le damos una forma mucho más cercana a nuestra realidad, ignoramos la posibilidad de considerar si en ellos también emergen sensaciones profundas de algo tan esencial como el amor y el anhelo de una compañía. Es tanto el odio que se ha creado como una barrera llena de los tantos prejuicios que abundan en nuestro diario vivir, que cada monstruo, sin más alternativas, prefiere más bien ocultarse por entre las sombras, muchas veces convertido en un antihéroe anónimo, aguardando una esperanza mínima de ser escuchado como un torpe consuelo por causa del abandono que alguno de sus tantos creadores (otros seres más inhumanos que nosotros) lo han dejado errante por el mundo gracias a un arrebato de negligencia o de temor. 



Al mencionar dicho desparpajo hacia los creadores, no nos referimos simplemente a fábulas concisas; todo lo contrario, estamos atribuyendo una vez más la eterna paradoja del hombre por mostrar un grado de superioridad en cuanto a ingenio y a razón, tanto así que, en medio de su absurda obsesión por presumir una extraña vanidad, suele dedicar toda su energía, empeño y carácter hacia algo que pronto termina por desechar o, peor aún, por arrepentirse, muchas veces sin importar el mal que le pueda causar a la humanidad entera. Cuando somos testigos de esta clase de infamia contra las pobres víctimas como son los monstruos, es porque, claramente, recalcamos un terrible síndrome llamado el efecto Frankenstein, inspirado sin duda en la novela inmortal de la escritora inglesa Mary Shelley.  

El hecho de tomar como ejemplo esta novela con el fin de comprobar la nobleza que un monstruo en nuestro entorno estaría dispuesto a expresar, no es simplemente un gesto compasivo que justifica un capricho literario, sino más bien se hace para destacar los efectos que todos los monstruos habidos y por haber experimentan a manera de espejo ante una realidad que explica las causas de su profunda soledad. Ante la tragedia de una amarga existencia que todo monstruo está condenado a soportar, no en vano se precisa el ejemplo de Víctor Frankenstein como un modelo de codicia y cobardía. En esta imagen del científico atormentado, obsesivo y egoísta se concentra toda la tragedia con que un invento extremadamente ambicioso puede desatar en la tierra.  



Para aclarar un poco a los lectores que, muchas veces suelen nombrar erróneamente a Frankenstein como el auténtico monstruo en cuanto a rasgos físicos, en esta ocasión dicho apelativo hace referencia a su creador, es decir, un científico peor de horripilante que el mismo espectro anónimo que vaga por las diferentes calles en busca de atención, de sensaciones comunes, de un complemento que le permita sobrellevar su notable soledad. Víctor Frankenstein, el estudiante adelantado de Ingolstadt, consagra todas las horas que su vida científica le permite para la realización de un invento que despertará la admiración en todos los círculos académicos. Su obsesión por llevar a cabo dicho invento lo ha obligado a recluirse en su laboratorio, a renunciar a todo lo que su vida tranquila le ofrece dada su privilegiada condición. Emprende la imposible tarea de crear un ser humano capaz de vencer la muerte, cuyas características similares a las de nosotros pueda finalmente superar el destino ordinario de los humanos. Por eso se da a la riesgosa tarea de profanar tumbas; como piezas de un rompecabezas humano recopila miembros de diversos cadáveres que va acomodando según sus altas expectativas de creador implacable. Las extremidades, la piel, los órganos, todo encaja de tal forma que sólo quede una simple señal, un destello breve, pero definitivo que retribuya el largo camino recorrido.

Finalmente, su experimento ha dado luz. Siendo la electricidad el elemento faltante, la carrera de Víctor Frankenstein como hombre de ciencia ha trazado un antes y un después. Al comprobar que su invento, anteriormente inerte, ahora ejecuta un incipiente movimiento de manos, una lenta apertura de ojos y una serie de sonidos comprimidos en una voz potente, el ingenioso Frankenstein apenas si puede contener el asombro. Pero un acto perturbador hace que la dicha infinita se transforme en un remordimiento irreparable. Víctor comprende que el aspecto físico de su creación es desagradablemente proporcional a un inmenso aire de grandeza capaz de causar estragos en la sociedad. De repente un impulso de cobardía lo obliga a renunciar a todo el prestigio esperado y huye de su creación, es decir, de sí mismo personificado en otra criatura. 

Su creación, en cambio, el individuo sin identidad, el hombre sin rumbo, sin potestad sobre sí mismo, empieza a reconocer el mundo que lo rodea. A partir de este, su inesperado nacimiento, experimenta el primer destino de soledad que posteriormente está condenado a soportar. Trasiega por las calles, distingue las personas y el espacio que lo rodea. Pero hay un revuelo en la gente que lo reconoce por primera vez. Al comprobar que lo que está frente a ellos no es un hombre sino, superficialmente hablando, un monstruo, una bestia casi humana que quiere atormentar a todos, inmediatamente se apartan de él sin aceptar razones. El monstruo comprende que su primer contacto con la humanidad es el desprecio, por lo tanto, ya se encuentra vulnerable ante los ojos comunes, percibe las miradas como filos que le hieren el alma electrizada. El abandono ante un mundo desalmado que lo juzga sin razón lo ha convertido en un prófugo. Ante esta injusticia humana, el confundido monstruo busca desesperadamente a su creador y por fin lo encuentra.

La confrontación entre creador y creación abre una herida más profunda donde la venganza termina por alimentar nuevas tragedias. La creación le implora a Frankenstein que forme una criatura como él, pero en forma de mujer, pues sabe por experiencia que, en caso de no ser así, su papel ante el mundo estaría reducido a la implacable soledad y al desprecio humano. Pese a su aspecto grotesco, su hostil forma de actuar y su carácter aparentemente energúmeno, la criatura es consciente que muy en su interior aflora una necesidad de transmitir amor y asimismo de acoger un afecto semejante. Por esta razón, comprende que aquel resentimiento por haber llegado a un mundo donde todos lo odian y nadie lo aprecia, solamente puede ser transformado si convive con un alma de sus mismas condiciones y características. Sin embargo, la cobardía del atormentado Víctor Frankenstein, quien ahora se reprocha a sí mismo por haber cometido semejante atropello, todo gracias a su instinto de vanidad, ahora lo está persiguiendo como un fantasma insaciable. 

El monstruo sin nombre lo persigue a todas partes, lo acecha en cada movimiento, se convierte en una sombra permanente que lo custodia hasta que su cobarde creador se digne a ceder. Pero al darse cuenta que su creador mantiene firme su negativa, la criatura decide emprender represalias más funestas, muchas veces arrasando con víctimas inocentes. El noble espectro ahora sí se convierte en una bestia asesina, ávida de una venganza justificada. Todo lo hace en nombre del amor, pero nadie lo acepta simplemente porque en él ya se ha creado la imagen de bestia demoniaca. Pese a presenciar la barbarie de su creación, el carácter pusilánime de Víctor Frankenstein persiste en la huida. No quiere saber nada de su invento, sólo desea permanecer lo más distante de todo aquello que lo pueda juzgar o incriminar. 



Y durante esta persecución, la historia de ambos sigue renovándose con soberbia descripción: la hallamos en ilustraciones increíbles, en películas alucinantes, en diversas portadas cuyos libros como el de la versión fabulosa de Panamericana Editorial, con la traducción de Juan F. Hincapié y el diseño de Rey Naranjo, nos recuerda cómo los monstruos también están expuestos a padecer de amor y están más condenados a la soledad que varios de nosotros, los seres de la vida común. 


PdL