Por Liceth Dayana Holguín
Flores para mis muertos
Andrés Castañeda
Bogotá, 2026
120 páginas
En el marco de la 38.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, el escritor Andrés Castañeda presenta, de la mano de Panamericana Editorial, Flores para mis muertos, una novela que se teje a través de lazos intergeneracionales para sostener la vida en medio de la violencia del país, donde recordar, proteger y resistir se convierten en una misma forma de permanecer.
Hay frases que no pasan, que se quedan viviendo en el cuerpo durante años, sin pedir permiso. A veces aparecen temprano y se instalan como una certeza que todavía no sabemos nombrar. Para el escritor colombiano Andrés Castañeda, “los muertos barren sus propias tumbas” ha sido una de ellas. Una imagen que persiste como forma de entender que quienes se han ido siguen atados a los vivos, del mismo modo en que los vivos siguen necesitando de su recuerdo. De allí nace Flores para mis muertos, una novela que se presentó en la más reciente versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá bajo el sello de Panamericana Editorial.
La novela sigue la voz de Gonzalo, un niño que a sus seis años comienza a recibir la visita de los muertos de su familia y aprende, casi sin darse cuenta, a convivir con ellos. Con el paso del tiempo, esas presencias se vuelven parte del ritmo de la casa, del aire que circula por los pasillos, de las noches en las que el olor de las flores anuncia que alguien ha regresado. Durante estas visitas los fantasmas no irrumpen, habitan los bordes de la vida cotidiana, se sientan al lado de la cama, acompañan en silencio, cuentan historias, protegen y observan, eligen quedarse cerca de lo que amaron, de aquello que los sostuvo en vida, como si el afecto fuera también una forma de arraigo después de la muerte.
Durante la FILBo 2026, esta novela propició distintos encuentros en torno a la memoria y el sentimiento. Entre ellos, el conversatorio "El duelo en la literatura infantil: entre el asombro y la tristeza", donde Castañeda reflexionó, junto a la escritora Marcela Guiral y el periodista Fernando Araújo Vélez, sobre los procesos de duelo y resistencia en la literatura, poniendo en circulación la idea insistente y necesaria de que la memoria no es solo nostalgia, es un acto político que se convierte en un espacio de resistencia en el cual la literatura devuelve al mundo aquellas voces que el poder ha intentado silenciar.
Desde este lugar, Flores para mis muertos no se limita a contar una historia de presencias. Pone en juego una pregunta más honda sobre lo que ocurre con los cuerpos, con los nombres, con la tierra que se habita, cuando alguien más decide qué merece permanecer y qué puede ser borrado.
La historia avanza hacia un giro que cae con la misma gravedad silenciosa con que la violencia histórica cayó sobre las comunidades reales. Y es en ese golpe donde está, paradójicamente, la mayor apuesta política de la novela: mostrar que hay cosas que no se pueden evitar con palabras, pero que sí se pueden sobrevivir con memoria, con ritual, con la certeza de que los muertos y la resistencia, mientras alguien les lleve flores, siguen aquí.
En este proceso, la violencia atraviesa la novela, no como estruendo, sino como una fuerza que se instala en los gestos más simples, en la cotidianidad, en las amenazas pasivas, en los silencios que empiezan a ocupar más espacio que las palabras. Llega como siempre ha llegado a este país, sin anunciarse, envuelta en una apariencia de normalidad que desarma cualquier anticipación. Y cuando finalmente se hace evidente, ya ha transformado la casa, el pueblo, los vínculos. La vida misma.
Eso es, en el fondo, lo que hace esta novela: apostarle a la memoria para conocer la historia de nuestro propio país. Esa historia que no aparece en los libros oficiales, la que se transmite de boca en boca, la que guardan las mujeres en el dobladillo de sus vestidos, la que se escucha a escondidas en los radios, la que los muertos se llevarían para siempre si nadie tuviera el valor de recibirla, pero, sobre todo, de escribirla.
Este libro nos acerca a un autor que concibe la escritura como un acto de calma y resistencia. En palabras de Andrés Castañeda: “No fuerzo las historias. Las escucho, las dejo salir, les permito ser”. Esta declaración revela a un escritor que no se entrega a las letras buscando respuestas concretas, sino a la espera de todo lo que esa historia tenga por hacer en él.
Así, Flores para mis muertos es una novela que no llega únicamente como una novedad editorial, sino como una forma de nombrar lo que este país ha aprendido a callar durante generaciones. Un libro que abre conversaciones y desplaza la memoria hacia un lugar en el que se convierte en un territorio compartido, una práctica colectiva que permite sostener la vida incluso cuando todo alrededor parece quebrarse.



