Berlín, el lugar incierto

Por Jeferson Echeverría 

Hemos llegado a Berlín
Fanuel Hanán Díaz
Ilustraciones: David Cleves
Panamericana Editorial
47 páginas
Bogotá: 2026


La esperanza, tan confusa y remota como el porvenir, se esconde entre rostros convulsos que miran hacia un horizonte perdido a medida que cada paso les recuerda el hambre y la necesidad soportados. Son los gestos del destierro tallados en imágenes llenas de una consternación que, en principio, nos pueden parecer ajenas; pero si lo miramos con la precisión con que el corazón nos obliga a medir desde la compasión, resultan tan propios como si aquellas cuatro almas desamparadas fueran también nuestros hermanos y nuestras propias madres encarando el viento del exilio. Sus pasos se nos muestran lentos, temerosos e imprevistos; sus gestos, entenebrecidos, han perdido la alegría infantil de los tiempos mejores y la única expectativa, sembrada de miedo, arrastran pies casi descalzos que marcan las huellas de polvo y sangre derramadas en senderos antiguos. 

Berlín, el lugar que para algunos puede ser el camino de la muerte, para las cuatro almas errantes que han tenido que dejar atrás su tierra, su gente, su calor de hogar, se asemeja a una tierra prometida, sí, incierta, pero a la larga mucho mejor que su presente malogrado. Las imágenes que se ilustran en cada página, no solamente redundan la angustia cotidiana de saber cuán largo e inhumano surgen ante los ojos melancólicos de los tres hermanos y su madre, sino también el hambre y el miedo retratan la desesperación reservada. Un silencio agobiante grita desde sus interiores como ecos que se imponen de una manera cruel y desean liberarse como puedan de sus entrañas; de ahí el brillo apagado en sus ojos, de ahí el matiz ensombrecido en sus cuerpos que se complementan con los paisajes tristemente adornados por la soledad. 



Si hay algo valeroso que nos enseña esta galería del abandono, es la unión de los cuatro, la fortaleza recíproca, el llanto compartido y el miedo amparado por la desolación. Hasta para comer un mendrugo de empanada acompañada de tinto, todos comen su pedazo así el estómago les pida otra porción y así ninguno pueda saber si realmente esta será su última cena durante quién sabe cuántos días. Lo único que les queda como un alimento impalpable, pero que por lo menos sacia el alma, son los recuerdos de tiempos remotos que inundan como torrentes tibios y desparraman nostalgias hasta empañar el corazón. 

Al menos se sabe que esa tierra prometida llamada Berlín no es más que un páramo, donde la muerte se viste de frío para apagar a punta de hielo y ráfagas la luz de las almas. Es en este punto donde se nos pierde la presunción de un Berlín ya conocido, de ese mismo que aprendimos en la historia de antaño cuyo muro fue derrumbado como una señal de libertad. Este Berlín es la contraluz brumosa, la corriente que arrasa los campos y sepulta ilusiones a granel, es la antesala a lo incierto que puede revelar una travesía más triste que esta misma que ya han ido llevando a cuestas. 

Pero durante la historia caminada y contada por estas cuatro almas, hay otras almas que también coinciden con una suerte similar, quizás con penurias peores. Basta con encontrarse de repente a la solitaria mujer quien arrastra las penas de una ausencia bajo el peso de un remordimiento: ha abandonado a una suerte maltrecha a su hija en el Perú, pues ante la escasez de comida, la única solución posible es dejarla al cuidado del azar. Y así, entre historias más tristes, todas las almas errantes trasiegan sin cesar con el dolor a cuestas a medida que su destino toma forma de montañas y horizontes pintados de incertidumbre. 



Hay revelaciones que se abren como heridas profundas, que marcan señales para la posteridad y enseñan una suerte de delirio capaz de encontrar la belleza aún cuando el horror permanece en nuestros corazones. El rostro ensombrecido de una de las almas, esa que ha tomado la voz para contarnos las peripecias, nos da una lección valiosa: por más que el destierro nos agobie, siempre hay un momento para entregarnos en vista y alma al infinito placer de inventar espejismos en las montañas. Tiernamente es un escape continuo hacia un intento de gloria, hacia el deseo de revestir un poco la incertidumbre bajo un lienzo de esperanza, hacia una tregua silenciosa para aplacar la desdicha en complicidad con la imaginación. 

A mitad de camino se logra divisar una especie de línea circular que les recuerda a estas y a todas las almas migratorias que es la implacable frontera. La espera por cruzar el puente se torna insoportable, confusa e inminente. Las horas se extienden con la misma lentitud de una eternidad. El cielo, multicolor y hostil, les confirma en medio de su grandeza que un intento de retorno sería volver a los brazos de una muerte paulatina, marginal e implacable. No hay otra opción, por más que el arrepentimiento se vista de gratos recuerdos y acumule eternidades difusas que están enredadas con el ayer. Ir adelante es la única opción, así la muerte misma los sorprenda de todas formas, pero por lo menos sabrán que, cuando eso ocurra, no se doblegaron con la misma fragilidad de los resignados. 

Y lo que sigue son más paisajes entenebrecidos por la zozobra, la secuencia de miradas que fija pasos a la deriva y transcurre entre camaraderías de viento y plega

rias, entre palabras y alientos fugaces que se convierten en una suerte de aderezo al escaso plato de comida. La llegada a Berlín ahora es un muro de árboles y pájaros que se alzan con graznidos estentóreos. El implacable frío les da una bienvenida que deteriora la fe de calor y congela huellas en los caminantes. Todo surge de modo intempestivo, casi como el desenlace de una travesía incierta, por fin han llegado a la tierra prometida, pero sin saber si realmente hay razón para danzar de júbilo o para asimilar una angustia más sórdida, tanto como el hipotérmico canto del viento golpeando los cuerpos desgastados. 



Lo que nos enseña la desgarradora obra Hemos llegado a Berlín escrita por el crítico literario Fanuel Hanán Díaz, es una ilustración sombría acerca del exilio. Cada página es una galería impregnada de nostalgias, de paisajes tallados por la incertidumbre del destierro y del abandono, con el acompañamiento visual del artista David Cleves. Durante las múltiples ilustraciones hay un canto que resuena a través de una prosa, si bien breve, no desprovista de una profundidad que nos obliga a repensar una realidad que nunca puede ser ajena a nosotros. Por eso, cada vez que veamos el rastro de estas almas que transcurren entre nosotros, un gesto de indiferencia nos convertiría automáticamente en el frío rostro de un Berlín desalmado e inhumano. Panamericana Editorial nos ofrece una gran obra ganadora del Premio Nacional Pedrito Botero en el año 2021.  


PdL