Historias de un país invisible: narrar el conflicto armado a los niños

La escritora colombiana Pilar Lozano presentó en la pasada FILBo 2023 una nueva edición del libro Historias de un país invisible, publicado por Panamericana Editorial. Se trata de cuatro crónicas de niños y jóvenes que fueron víctimas de la violencia, ilustrados por el artista argentino Daniel Rabanal. En entrevista para Periódico de libros, la también autora de Colombia, mi abuelo y yo habló sobre los conceptos de memoria, violencia y paz; la importancia de narrar el conflicto armado a través de la literatura infantil, entre otras cosas.

Por Laura Valeria López Guzmán - @Lauravalerialo - 


¿Qué la llevó a tener interés por el conflicto armado colombiano?


Como ciudadana, como ser humano, como periodista, como escritora me he hecho esta pregunta: ¿por qué en Colombia hemos vivido tanto tiempo en modo guerra? Desde que empezamos a tratar de construirnos como república no hemos  privilegiado un camino distinto al de las armas para resolver nuestras diferencias. Durante cuarenta años fui periodista, cubrí el conflicto, vi que este país está lleno de dolor; ahí creció mi interés por comprenderlo, por contarlo. Una amiga mía dice que yo he utilizado el periodismo y la literatura para narrar a los niños y jóvenes cómo es Colombia, lo bueno, lo bello, lo malo, lo feo… Tengo 21 libros, en la mayoría, de una u otra manera, está nuestro país. Tres de ellos se centran en el conflicto armado. En dos: Crecimos en la guerra e Historias de un país invisible, usó la crónica; Era como mi sombra, es una novela juvenil que retrata la vida de dos adolescentes en la guerrilla; en  Crecimos en la guerra los protagonistas de las siete historias son adolescentes paramilitares, adolescentes guerrilleros, raspachines, niños y jóvenes víctimas de la mal llamada limpieza social, de las minas antipersona, del secuestro, testigos  del horror de una  masacre  paramilitar; Historias de un país invisible  reúne relatos de cuatro experiencias de paz que han ayudado a niños y jóvenes de Toribio, Belén de los Andaquíes, Istmina y Granada a esquivar los males de la guerra.  

Los tres libros muestran vivencias de jóvenes que, como todos los de su edad, tienen ilusiones, ganas de ser, de construir. La diferencia, y eso hace este país tan desigual, tan injusto, es que a unos se les brindan los medios para realizar sueños y para otros no existe ni siquiera la posibilidad de imaginarlos. Y estas voces han sido silenciadas. Las  recupero  y  las doy a conocer en mis escritos. Ojalá sirvan para que, algún día, aceptemos que tenemos una deuda gigantesca con niños y adolescentes de muchas generaciones… 


En Historia de un país invisible aparecen constantemente tres conceptos: paz, violencia, podría decirme en sus palabras, ¿qué significan?


Violencia: Es la expresión de la insensatez humana. Es usar el poder para hacer daño al otro o a sí mismo. La paz,  me dijo un niño, “es  esperanza, es caminar sin miedo, es como una brisa que acaricia la cara…”. Y uno camina sin miedo cuando en la casa, o fuera de ella, sea en el monte o en la ciudad, se siente la tranquilidad de que a ninguna hora, del día o de la noche, alguien te pueda agredir física, sexual ni emocionalmente. Paz es tener derecho a una vida digna, a ejercer nuestros derechos y a tener la posibilidad de realizar nuestros sueños.


Teniendo en cuenta lo anterior, ¿cómo entiende o qué representa en su vida la memoria y la memoria colectiva?

Son bienes muy valiosos. Me permiten conocer en dónde tengo puestos los pies, cuáles son mis raíces. Y esto me lleva a entender mejor el hoy, me ayuda a no dejarme engatusar con mentiras, a tener criterio frente a los hechos en este mundo lleno de noticias falsas y a equiparme de argumentos para construir un futuro donde sean respetados los derechos de todos. 

Llevamos años soportando muchos y similares problemas, llevamos años en modo guerra, llevamos años con niños y niñas arrastrando fusiles más altos que ellos… Quiero entender  el porqué. Estoy escribiendo, para los lectores más jóvenes, libros de historia: La historia, los viajes y la abuela se llama el primer tomo. Va desde el momento en que llegaron los cazadores recolectores a nuestro territorio y se enfrentaron a enormes mastodontes, hasta cuando los españoles empacaron sus baúles  y se fueron. Ahora estoy investigando y escribiendo la segunda parte; cubre  todo el siglo XIX. Si de niña hubiera sabido todo lo que he aprendido con esta investigación, seguro hubiera sido una mejor periodista, una mejor persona, una mejor ciudadana. 

La filósofa alemana Hannah Arendt construyó el concepto de la “banalidad del mal” cuando cubría el juicio del jefe nazi Adolf Eichmann. Escuchó al criminal repetir sin inmutarse: “Yo cumplía órdenes”. Concluyó entonces que los mayores males de la humanidad son cometidos por hombres que actúan con eficiencia cumpliendo mandatos de los superiores. No necesariamente tienen un corazón malvado. Ella era judía. La acusaron, la señalaron de querer minimizar el horror del holocausto judío. Se defendió: “Entender es mi  responsabilidad y la de cualquiera que escriba sobre el asunto”.  “Entender, aclaró, no es lo mismo que perdonar.”  

Creo que entender es nuestra obligación. Y para hacerlo es necesario saber al menos un poco de geografía, de historia, de política. Ver a Colombia en toda la gama de grises…; la literatura, el periodismo, los testimonios, las fotografías son herramientas para hacerlo.



¿Por qué llevar estos relatos a la literatura juvenil?

Cuando yo era pequeña los niños tenían que irse a jugar cuando los grandes hablaban. Hoy resulta imposible mantenerlos en esa burbuja. No  existe nada vedado  para ellos. No hay tema del cual no tengan información. Tienen sus cabezas llenas de inquietudes y buscan explicaciones. Ellos tienen derecho a saber en qué país viven. Conocen la realidad muchas veces distorsionada o fragmentada a través de los medios o de lo que escuchan decir a sus compañeros. Las dudas alborotan sus cabezas. Estos textos contribuyen a ver esta violencia armada no a través de cifras o noticias a medias, sino reflejada en la vida de niños, niñas y jóvenes de su edad. 

Además, repito, son historias que dan voz a los más pequeños. Tenemos una deuda inmensa con ellos. No los hemos escuchado. “Queremos hablar”, me dijo una niña que sabe del terror que genera una masacre paramilitar. “Yo tengo todo aquí guardado, y señaló el corazón. Nadie me ha preguntado qué me pasó”. 

Otra crónica del libro Crecimos en la guerra tomó su nombre de la reflexión de una adolescente: “Nuestra infancia no ha sido normal; ha sido una infancia a la carrera, llena de miedos”. Y lo que vivimos en los primeros años de existencia, sabemos,  marca nuestras vidas, deja huellas imborrables. Debería darnos vergüenza esta realidad.  



Hablemos de la labor del docente en la construcción de la paz…

Tengo las más bellas experiencias con los niños y jóvenes que han leído mis  escritos sobre la guerra.  Las preguntas nunca faltan: “¿Qué podemos hacer para  que esto no se repita?” “¿Verdad, pasó eso?” O expresiones como: “No puedo decir que este libro me cambió, pero sí me di cuenta de que no puedo mirar el mundo con ojos que no ven”. “Ahora puedo ver una Colombia que se desangra; ahora mi mente ya no es víctima de la ignorancia”. “Esta obra me muestra un conflicto que camina al pie de la indiferencia”. 

¿En qué momento de la historia de nuestro país considera que se durmió, que decidió vivir en la ‘peste del olvido’?

Hemos sido indiferentes a la brutalidad que hemos vivido en el país, preferimos mirar para otro lado. A veces nos duele más el sufrimiento que provocan guerras lejanas. La escritora española Almudena Grandes, fallecida hace poco, calificó de error el querer silenciar el pasado. “Como los recuerdos dolían no recordaban; como las lágrimas herían no lloraban; como los sentimientos debilitaban no sentían”. Ella escribió cinco novelas para tratar de descifrar el horror de la guerra civil en su país. En sus obras defendió el poder de la memoria. “La memoria, decía, es clave para la construcción de la identidad: la identidad personal, la de la familia, la de los pueblos y los países”. Este es un país donde ha primado el relato oficial, un relato donde solo existe el centro del país, las ciudades importantes, la ‘gente bien’ como se empezó a llamar desde el siglo XIX a los letrados, a los que tenían plata. Una historia llena de excluidos, incompleta, sesgada.

El papel de la literatura en la construcción de la historia…

Esa pregunta da para escribir una tesis. Para mí la literatura que recrea el pasado es muy valiosa. Va más allá de los hechos de una época, nos pinta, con todos sus colores un hecho, una época, un momento… nos llena de preguntas. Ahora, que me dedico a escarbar en el pasado, han sido fundamentales las novelas de este tipo. Les recomiendo una: El año del sol negro, de Daniel Ferreira. Ahí vemos, sentimos la sinrazón del matarnos entre hermanos; vemos con claridad que “la guerra juega con los hombres”. 

Hablemos del acto de caminar y desandar los caminos ya trazados como menciona Antonio Machado en su poema Caminante no hay camino, ¿cómo fue este viaje de a pie?

Mi camino me gusta, está lleno de escritos, de viajes, de enseñanzas , aprendizajes… y del amor de una familia inspiradora. Puedo ‘volver la vista atrás’ sin mayores remordimientos. Ojalá  en el país empecemos  en serio a  marchar por la senda de la paz; que en unos años podamos ‘volver la vista atrás’ y lo recorrido no esté cargado de más pérdidas, de más sufrimiento;  que  no tengamos que ver y escuchar a nuevos armados como lo hemos visto ahora en la JEP, en los encuentros de la Comisión de la Verdad avergonzados por el montón de sangre regada que dejaron en veredas, caseríos y ciudades.  

En su libro menciona los mitos y las leyendas, que las cuentan los niños de Toribío, Cauca, ¿por qué recurrir al mito en una sociedad que no cree en él?

Las comunidades indígenas, tan golpeadas por este conflicto, han encontrado que retomar su visión del mundo, su cosmovisión, es la mejor manera de protegerse de la guerra. Piensan que los jóvenes se han alejado de su cultura y eso los hace más vulnerables frente a los grupos armados.  Están entonces recuperando su lengua, sus saberes ancestrales como barrera contra la violencia. Esto ocurre en Toribio y en otras muchas regiones.  


Hablemos de los silencios, de los silencios en la literatura, en las historias del libro…

Historias de un país invisible es un libro de crónicas para niños. No hay silencios intencionados para atrapar la atención, para generar intriga. Son textos cortos y esto impuso un límite. La intención era narrar lo justo pensando en lo que podía ser de interés para este tipo de lectores. Hay mucho más para contar de cada una de estas cuatro experiencias. Lo escribí en un momento especial; se acababa de firmar la paz con las Farc, había mucha esperanza. Pensamos que, por fin, podíamos volvernos a abrazar. Que habíamos pasado la página. Pero la guerra volvió, el miedo se apoderó  otra vez de algunos lugares. A pesar del regreso del sonido de las balas, la gente le sigue apostando a la paz; hay incontables ejemplos de resiliencia, surgen diariamente en los territorios. 





Según el filósofo Johan Huizinga, el juego es anterior a la cultura y está inmerso en la vida humana de una manera fundamental. Teniendo esto en cuenta ¿cómo el juego ayuda en la reconstrucción del tejido social en poblaciones afectadas por la violencia?

No soy investigadora social, pero todos sabemos que una actividad colectiva que posibilite la cooperación, el intercambio de puntos de vista y la toma de decisiones  en conjunto para el logro de un objetivo común, presente en diferentes deportes,  juegos de reglas, juegos simbólicos, permite construir lazos sociales destrozados por la guerra y recuperar la confianza en el otro, en mi vecino, en  mi hermano… Actividades que signifiquen sentarnos en la misma mesa, encontramos en una cancha o en el patio son valiosísimas en esta tarea de reconciliarnos, de dejarnos de ver como enemigos. 


PdL